← Blog

Blog

Por qué estamos construyendo Siroco

Compartir el sol es fácil. Repartirlo, no

Compartir una instalación solar ya no es una rareza. Solo en la red de Endesa hay más de 45.000 hogares y negocios que reciben energía de un autoconsumo colectivo, cuando hace apenas cinco años eran unas decenas. Iberdrola, por su lado, ha superado las mil comunidades solares. Lo que empezó como una curiosidad de vecinos organizados se está convirtiendo en una forma normal de aprovechar la energía solar sin tener que instalar nada.

Parte de la explicación está en los cambios regulatorios. A partir de este año, una instalación de hasta 5 MW conectada a la red puede repartir su energía entre participantes a 5 kilómetros de distancia, cuando antes el límite eran 2 km. Eso cambia la escala de lo que cabe en un proyecto, que ya puede ser un barrio entero, un municipio o un polígono industrial. Y la ley reconoce por fin la figura del gestor de autoconsumo, alguien que representa a los participantes y se ocupa de los trámites para que ellos no tengan que hacerlo, reduciendo muchísimo la barrera de entrada para los nuevos autoconsumos colectivos.

En ese marco, cada vez más empresas buscan cubiertas, reúnen participantes y ponen en marcha comunidades solares. Iberdrola lo hace con Smart Solar y Repsol con Solmatch, pero detrás vienen instaladores, cooperativas y propietarios de naves que plantean lo mismo: montar la instalación y vender la energía a quienes viven o trabajan cerca.

Lo que casi nadie cuenta es que para quien promueve el proyecto, el trabajo empieza el día que la planta se enciende. Hay que dar de alta y de baja participantes, comunicar cada cambio a la distribuidora, resolver incidencias y comprobar que la energía asignada aparece bien en cada factura. Y en medio de todo eso hay una decisión que pesa más que ninguna otra en el ahorro, que es cómo se reparte la energía.

Ese reparto se hace con los coeficientes, el porcentaje de la producción que le toca a cada participante. Pueden reflejar cuánto consume cada uno o cuánto ha aportado a la instalación, pero lo más sencillo y lo más habitual es fijar un porcentaje y dejarlo igual todo el año.

El problema es que el consumo no se queda quieto. Un negocio cierra los domingos, una familia se va de vacaciones, alguien empieza a trabajar desde casa. El reparto que encajaba en enero deja de encajar en julio, y la diferencia se convierte en excedentes.

Pensemos en una vivienda que al mediodía recibe más energía de la que gasta mientras un restaurante de la misma comunidad se queda corto. Lo que le sobra a la vivienda no pasa al restaurante. Se contabiliza como excedente suyo, se compensa a unos céntimos el kilovatio hora, y el restaurante compra esa misma energía a la red a un precio varias veces mayor. El participante ahorra menos de lo que podría, y quien gestiona la comunidad lo nota también, porque cuando ha prometido un ahorro y no llega, la diferencia la acaba pagando él.

Buena parte de eso se puede evitar. Con los datos de consumo y de generación se puede calcular un reparto que se ajuste a lo que cada participante necesita de verdad y reduzca los excedentes, sin tocar lo que se haya acordado entre ellos.

La normativa ya lo permite. Los coeficientes pueden ser distintos para cada hora del año, siempre que se fijen de antemano, y el acuerdo se puede revisar como mínimo cada cuatro meses, un plazo que el nuevo Real Decreto de autoconsumo, todavía en tramitación, reducirá a un mes. Así que hoy ya se puede planificar un reparto mucho más fino y ajustarlo según cambie el consumo, y pronto se podrá hacer mes a mes.

Para el participante esto se traduce en aprovechar más energía propia y comprar menos. Para quien promueve la comunidad, en vender más kilovatios, cumplir el ahorro que prometió y tener una razón clara para que el cliente se quede.

Aun así, por bien que se reparta, siempre habrá excedentes. Si a una hora la comunidad produce más de lo que consumen todos juntos, ningún porcentaje de reparto va a eliminar el excedente. Aquí entran las baterías.

Ya no se trata solo de decidir cuánto le toca a cada participante. En un autoconsumo colectivo con baterías, también hay que decidir cuándo cargar, cuándo descargar y a quién le das la energía que descargas, con precios que cambian cada hora y un consumo que no se queda quieto. Es un problema de datos y de decisiones constantes, y es exactamente el tipo de problema en el que un buen reparto deja de ser una mejora y pasa a ser lo que hace que la instalación tenga sentido.

Los que hoy promueven y operan estas comunidades, sean comercializadoras, instaladores, cooperativas o propietarios de cubiertas, van a tener que resolverlo. Nosotros creemos que no deberían hacerlo cada uno por su cuenta.

Por eso estamos construyendo Siroco, el gestor de autoconsumo para quienes hacen posibles estas comunidades. Nos ocupamos del día a día, del reparto y de las baterías, para que participar sea sencillo y el ahorro, el máximo posible.

Si promueves o gestionas un autoconsumo colectivo, o quieres mejorar uno que ya funciona, escríbenos.